Graciela Lecube-Chavez

Vigila al río que manso va
aunque ya no tan brillante;
por recibir tantos maltratos
perdió su luz de diamante.
El río se atreve a bajar
por cerros y montañas,
se esconde en el barrial
y se pierde en el mar.
Él no es un basurero
adonde puedes arrojar
todo lo que no sirve
y sobra como usurero.
Deja que su rico tesoro
fluya siempre cristalino,
para saciar la sed de los
que van creando caminos.
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