viernes, 16 de noviembre de 2007

Las tres cerditas


Las tres cerditas
por Christianne Meneses Jacobs
ilustrado por Alfonso Orvañanos

Había una vez tres cerditas hermanas que vivían en una verde pradera llena de flores y árboles frutales. Los pájaros trinaban. Las mariposas bailaban en el aire. Las abejas zumbaban y revoloteaban de flor en flor. Las ardillas jugaban al escondite en los frondosos árboles. Todos los animales vivían en paz y tranquilidad. Todos se llevaban muy bien y se ayudaban entre si.
Hasta que un día se apareció el lobo hambriento. De lejos vio que una cerdita delgada y esbelta caminaba hacia su casa cargando una canasta con frutas y verduras. Al lobo se le hizo agua la boca y pensó —Esta cerdita es delgada pero no importa me la como toda.
Se acercó muy sigilosamente hacia la casa de la cerdita. Ésta ya había empezado a cocinar una sabrosa y humeante sopa de verduras. —¡Qué rica me quedara esta sopa con todas las verduras que le puse: chayote, papas, zanahorias, elote, repollo. ¡Ummm! ¡Qué delicia! —se decía la cerdita mientras mezclaba todos los ingrediente en la porra.
De repente escuchó un estruendoso grito. —Abre la puerta cerdita sino soplaré, soplaré y tu casa derribaré gritó el lobo hambriento. El creía que podía imitar al lobo feroz.
La cerdita vegetariana pensó rápido en que podía hacer para salvar su pellejo del lobo hambriento. Ya se acordaba lo que le había sucedido a sus primos los tres cerditos y no quería terminar igual que ellos.
De repente en cuanto el lobo estaba listo para soplar su casa, la puerta se abrió. El lobo hambriento se quedó sorprendido de ver frente a él a la cerdita vegetariana invitándolo a pasar a su casa.
—No hay necesidad de gritar señor lobo y derribar mi casa. Siempre puedes tocar el timbre —le dijo la cerdita vegetariana al lobo con mucha valentía, aunque se moría del miedo pero no se lo demostraba. —Pase señor lobo y tómese un tazón de sopa conmigo —continuo la cerdita mientras lo hacia pasar.
—Yo no tomo sopa —le dijo el lobo furioso. —Yo como cerditas.
—Entiendo lo que me dices. Yo se que un lobo come cerditas, pero mírame a mi. Soy delgada y esbelta, no tengo tanta carne. Prueba esta sopa, te va a encantar.
El lobo con desconfianza se sentó y olfateó la porra de sopa. —¡Ummm! —dijo el lobo mientras la cerdita le servía su tazón de sopa. El lobo tomó con sus garras la cuchara y la llenó de sopa. La cerdita lo observaba a la expectativa. El lobo probó la sopa y dijo —¡qué sabrosa sopa! —mientras se relamía el hocico. La cerdita pudo respirar tranquila y los dos tomaban su sopa mientras la cerdita le hablaba al lobo de las virtudes de comer frutas y verduras.
Al siguiente día, el lobo hambriento se dedicó a recoger frutas en la vereda y verduras en el huerto. Iba muy contento con su canasta llena de dulces mangos, fresas, manzanas, guayabas y frescas zanahorias, coles y apios, cuando de repente una sombra salió de uno de los árboles. Era el lobo feroz que se había comido a los tres cerditos y que venía a meter cizaña.
—Eres una vergüenza para nuestra familia de lobos. Mírate, recogiendo frutas y verduras. Tú eres un lobo y comes cerditas. ¡Qué vergüenza! —dijo el lobo feroz mientras se alejaba burlándose del pobre lobo hambriento.
El lobo hambriento se sintió avergonzado y tiró su canasta de frutas y verduras. —Es cierto, soy un lobo y me iré a comer a una de las cerditas —dijo mientras se dirigía hacia la casa de la cerdita deportista.
Dentro de su casa, la cerdita tenía un equipo completo de ejercicios. En su sala tenía pesas, tablas abdominales y una bicicleta. La cerdita deportista vestía un traje de deportes rosado con bandana rosada y ejercitaba sus músculos subiendo pesas.
De repente escuchó un estruendoso grito —Abre la puerta cerdita sino soplaré, soplaré y tu casa derribaré —gritó el lobo hambriento. La cerdita lo ignoró y continuó con su rutina de ejercicios.
El lobo hambriento gritó de nuevo —Sal cerdita, sino soplaré, soplaré y tu casa derribaré. El lobo estaba sorprendido de no tener respuesta. Frustrado gritó —estoy hablando en serio. Abre la puerta pues tengo hambre y te quiero com… —el lobo se quedo a media palabra cuando se abrió la puerta y la cerdita deportista lo retó —alcánzame si puedes —y en un abrir y cerrar de ojos la cerdita deportista hecho a correr. Corría tan rápido que el pobre lobo hambriento se quedó sin aliento. —¿Y tú dices ser un depredador? —le dijo la cerdita acercándose a él mientras el pobre lobo se desplomaba al suelo.
La cerdita deportista le explicó que el ejercicio diario es importante para mantener el cuerpo fuerte. —Mi hermana me dijo que has adoptado una dieta saludable de frutas y verduras, pero eso no es suficiente. Tienes que hacer ejercicios todos los días. Mira no tienes músculos —le dijo la cerdita mientras le sentía el brazo flojo.
—Regresemos a mi casa y te enseñaré mi equipo de ejercicios —le dijo la cerdita mientras le ayudaba al lobo a ponerse de pie. El lobo hambriento muy sorprendido le pidió a la cerdita que le mostrara como usar el equipo de ejercicios. Los dos compartieron esa tarde haciendo aeróbicos y pesas.
Unos días más tarde el lobo hambriento trotaba en la vereda muy orgulloso de estrenar su vestimenta deportiva y sus nuevas pesas de mano. Mientras pasaba por el frondoso bosque, se le apareció el lobo feroz. —Eres un caso perdido. Estas cerditas te están lavando el cerebro. Primero te convencen de ser vegetariano y luego de hacer ejercicios. ¡Eres un tonto! A mi se me hizo fácil comerme a los primos de estas cerditas. A ver si te atreves a comerte a la próxima cerdita —le dijo el lobo feroz mientras se alejaba tirando carcajadas.
El pobre lobo hambriento se quedó atónito. No sabía ni que hacer. Se sentía avergonzado y en un arranque de rabia tiró sus pesas al suelo y se fue tirando patadas de regreso a la vereda. El lobo feroz, escondido detrás de un árbol, sonreía mientras lo miraba alejarse.
De lejos vio que la cerdita intelectual llegaba a su casa con las manos llenas de libros. Ésta era una cerdita voluminosa que usaba lentes redondos. Muy cómodamente entró a su casa y se sentó en su biblioteca a disfrutar de los libros que había comprado.
De repente escuchó un gran estruendo. —Abre tu puerta cerdita, sino soplaré, soplaré y tu casa derribaré.— La cerdita no le prestó atención y siguió leyendo. El lobo frustrado empezó a llorar diciendo —nadie me toma en serio. Soy una vergüenza.
La cerdita escuchó los lamento y el sollozo del pobre lobo y le abrió la puerta. —Señor lobo, ¿qué le pasa?
—Nadie me presta atención —sollozaba el lobo hambriento.
—No te sientas triste. Pasa adelante. Te mostraré mi colección de libros. ¿Haz leído algún libro?
—No, yo no sé leer —le contestó el lobo con mucha vergüenza secándose sus lágrimas.
—Bueno, yo te enseñaré. Ya veras que un nuevo mundo se abrirá para ti —le contestó la bondadosa cerdita intelectual y desde ese día el lobo hambriento empezó a ir a la casa de la cerdita intelectual para sus clases de lectura, continuó comiendo frutas y verduras, y reanudó su rutina de ejercicios.
Mientras el lobo hambriento caminaba muy orgulloso hacia sus clases de lectura. El lobo feroz se le volvió aparecer. —Tú eres un caso perdido. Te debería de dar vergüenza lo que haces —dijo el lobo feroz.
El lobo hambriento le contestó —Tienes razón. Todo lo que estoy haciendo es pura tontería. Ven a mi casa esta noche y cenaremos con cerditas.
—De acuerdo. Pero no me desilusiones otra vez.
El lobo feroz llegó a la hora indicada y el lobo hambriento había preparado una deliciosa cena.
—Eres mi invitado de honor así que eres el primero en probar mi manjar —dijo el lobo hambriento.
El lobo feroz tomó el primer bocado y se relamió el hocico exclamando —esta es la cena de cerditas más deliciosa que he comido en mi vida.
—Me alegra saber que te gusta.
—¿Cómo has podido cocinar algo tan delicioso?
—Tengo ayudantes. Salgan por favor.
Una a una las tres cerditas salieron de su escondite. El lobo feroz horrorizado no entendía que era lo que pasaba.
—¡Qué no me estoy comiendo a una de estas cerditas! —vociferó el lobo feroz.
—Lo siento amigo, pero era tofu. El tofu es muy nutritivo y adquiere el sabor que le des. Sabe a deliciosas cerditas ¿Verdad?
El lobo feroz se sintió humillado ante esa burla y salió desilucionado de la casa del lobo hambriento. —Esto es humillante.
—¡Qué gran lección le diste al lobo feroz! —dijeron las cerditas —¡Y que delicioso te quedó el tofu! —exclamó la cerdita vegetariana.
—Lo se. Me quedó tan rico que se me abrió el apetito por comer cerditas de verdad —dijo el lobo hambriento con una mirada maliciosa.
Las cerditas lo miraron estupefactas mientras él se reía a carcajadas. Ya mas relajadas, las cerditas se rieron de muy buena gana.

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonito cuento. Le enseña buenos habitos a los niños.

Anónimo dijo...

Qué chévere. Sin embargo, les recomiendo que hagan una buena corrección ortográfica antes de publicar los cuentos.